Lugares con estrella · Por Eduardo Bueso Lugares con estrella · Por Eduardo Bueso

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RESTAURANTE IZKIÑA EN PASAJES (GUIPÚZCOA)

17 Jul 2018 · Escrito por Eduardo Bueso. Posteado en Blog, Gastronomía, Restaurantes, Vinos

Comedor de clásica decoración del restaurante Izkiña de Pasajes / Pasaia. (Foto: E. B.)

Ya les comenté que poco a poco iré contándoles mis recomendaciones sobre restaurantes del País Vasco. Durante el viaje que realicé hace unos días aparte de comer (y muy bien) en Agorregi, del cual ya les hablé, también almorzamos en otro establecimiento que había visitado hace años y nos apetecía volver: me refiero al Izkiña, recién reabiertas sus puertas, en Pasajes de San Pedro (Pasaia), muy cerca de San Sebastián.

Mikel Corcuera, nuestro “consejero” en Guipúzcoa y guía espiritual gastronómico nos comento lo siguiente:

“Otra novedad en ese sentido ha sido la reapertura del Izkiña, tras escasos cinco meses cerrado tras la jubilación del pater familias, Casiano Olano. Casa dirigida (ahora en solitario) por su hijo Aitor, gran sumiller, eso sí con la complicidad de su madre y cocinera de esta casa desde su fundación, Mari Carmen Otaegui, que pudiéndose jubilar no lo ha hecho y sigue pimpante a pie de fogón.

Delicioso txangurro al horno (“a la donostiarra”), que pudimos disfrutar en el restaurante Izkiña. (Foto: E. B.)

Casiano Olano y la cocinera Mari Carmen Otaegui, ese matrimonio que durante décadas, que desde 1965 ha dirigido primorosamente el restaurante Izkiña de Pasajes/Pasaia, un sancta sanctorum laico y oceánico donde se adoraba el mejor pescado y marisco imaginable. Una casa que ya contaba con una carta de vinos con más de un centenar de referencias de las más variadas denominaciones y en la que ha tenido mucho que ver su hijo, brillante y consagrado sumiller, Aitor Olano.

Casiano Olano nació en el seno de una familia de hosteleros. Su infancia y juventud transcurrió en el negocio que sus padres regentaban en Pasaia, el bar Olano. Fue allí donde conoció a Mari Carmen Otaegui, quien años más tarde se convertiría en su esposa. Aunque su pasión eran las motos y la mecánica, Casiano decidió continuar la saga hostelera que iniciaron sus padres y en 1967 abrió, en Pasajes, más concretamente en Trintxerpe, el bar Izkiña.

Siempre con ganas de innovar, Casiano fue pionero en ofrecer los txikitos en vaso de sidra, mientras que la buena mano para la cocina de Mari Carmen no ha dejado indiferente a nadie: el marisco, los calamares, las cigalitas fritas, las anchoas en vinagreta, el cabrito… Muchos han sido los clientes que han venido hasta Pasaia solo para comer en el Izkiña. Y para Mari Carmen no ha habido nada más gratificante que escuchar, después de una dura jornada de trabajo, lo rico que estaba todo”.

Aitor Olano, actual alma mater del Izkiña. (Foto: E. B.)

En nuestra visita, aconsejados por Aitor, tomamos varios de los platos mencionados, destacando un txangurro al horno de chuparse los dedos. Acompañado por un Contino 2014, un vino que nunca defrauda.

Para los que deseen ir desde San Sebastián y no quieran ir en su coche por el tema del alcohol, tienen dos soluciones: taxi o bus, el E9, que se toma detrás del Hotel María Cristina, os dejará en la misma puerta del Izkiña.

Texto: Eduardo Bueso, excepto el entrecomillado escrito por Mikel Corcuera. Fotos: Eduardo Bueso (copyright).

San Sebastián. (Foto: E. B.)

CON PACIENCIA BENEDICTINA: ARROZ CON LECHE

04 Jul 2018 · Escrito por Eduardo Bueso. Posteado en Blog, Cultura, Gastronomía, Restaurantes

Playa de La Concha el 23 junio 2018. (Foto: E. B.)

Desde San Sebastián

Por Mikel Corcuera

Premio Nacional de Gastronomía

Los postres de leche y en especial el más familiar y hogareño de todos ellos, el arroz con leche, posee una receta sencilla pero que exige de una técnica precisa. Son un legado que siempre recuerda a la cocina de nuestras madres y abuelas. Que viene del pasado, pero mira al futuro, porque es una fórmula que nunca  pasa de moda. Siempre y cuando se elabore “como dios manda”.

Al arroz con leche le pasa como a las torrijas, no sólo son hogareñas sino absolutamente internacionales. Eso sí, con elaboraciones tan particulares como singulares en cada zona en la que se prepara. Pero hay un caso muy chocante. La sorpresa radica precisamente porque se produce en una de las “patrias” del arroz, Valencia. Curiosamente, jamás ha logrado implantarse este postre de arroz en esta comunidad,  ni en los hogares, ni siquiera en la restauración pública valenciana, con la testimonial excepción de restaurantes foráneos, casi todos de origen norteño.

El polo opuesto, lo encontramos en la región asturiana, donde junto a la fabada, y sin ser un plato exclusivo, forma parte de las señas de identidad culinaria de esta tierra; eso sí, con una forma de hacerlo especial: el requemao del azúcar que se espolvorea por encima del arroz con leche junto al momento de servir y que recuerda la superficie de la crema catalana.

El secreto de un buen arroz con leche no radica sólo en la intervención de una  mano delicada, llamémosla  femenina, sino en el tener una paciencia propia de los conventos. Como los de de las hermanas Clarisas que en su ya mítico libro: “Cocina conventual” entre otros ingredientes señalan: “Además hay que añadir la paciencia benedictina que hace permanecer durante una o dos horas junto a la cazuela, dando vueltas al arroz con una enorme cuchara de madera, sin dejarla un momento”.

A veces, esta misma paciencia se traduce en largas horas de elaboración. Como es el caso del arroz con leche a la normanda. Se trata de un postre tradicional y campesino francés, llamado también, terrinée y que antaño se dejaba cocer en una cazuela, destapada y sin tocarlo, durante una noche entera en el horno de la panadería (apagado tras la cocción del pan) a muy baja temperatura. El resultado es una crema untuosa, que se consigue al condensar el arroz y el azúcar, dándole un toque acaramelado único.

Texto: Mikel Corcuera. Fotos: Eduardo Bueso. Texto y fotos: copyright

San Sebastián. Casa en Miraconcha. (Foto: E. B.)

RESTAURANTE AGORREGI DE SAN SEBASTIÁN

01 Jul 2018 · Escrito por Eduardo Bueso. Posteado en Blog, Gastronomía, Restaurantes, Viajes, Vinos

Detalle floral en la entrada del restaurante Agorregi (Foto: E. B.)

Hemos pasado unos días en Guipúzcoa. Poco a poco, cuando el tiempo lo permita, iremos contándoles algunos de los restaurantes a los que acudimos. Hoy visitamos “Agorregi”: una gratísima sorpresa en el medio de la nada… es decir, en un polígono industrial, el Igara (en la salida hacía Pamplona y Zaragoza por la zona de las universidades).

El restaurante Agorregi es un establecimiento de los menos mediáticos y al mismo tiempo de los más seductores. Cálido y de una elegante y moderna sencillez, es de los que enamora a primera vista y su cocina, totalmente contemporánea engancha por su perfección y por el delicado sentido gustativo, junto a una enorme sensibilidad y delicadeza; todo ello sin excesivos efectos especiales, pero siempre con respeto al mejor producto y una narrativa culinaria que vale un Potosí.

Comedor interior del restaurante Agorregi (Foto: E. B.)

Su chef, el donostiarra Gorka Arzelus poseedor de un currículo envidiable, extenso e intenso, Martín Berasategui, Arzak, Akelarre de Pedro Subijana, entre otros muchos, ha asentado aquí un estilo inconfundible, dedicándose en cuerpo y alma -como lo hace con elegancia y simpatía en sala su esposa Beatriz Bengoetxea– a la satisfacción de su fidelísima clientela y al comensal en general, que una vez que prueba esta cocina repite, rendido a sus encantos.

Marmitako del Menú del dia. (Foto: E. B.)

Posee varios menús, pero nos decantamos (aconsejados por el gastrónomo Mikel Corcuera) por el Menú del día… es decir el básico,; que se compuso de: marmitako, bacalao plancha, tacos de vaca vieja a la parrilla, postre y vino Castillo de Monjardín, de la D. O. Navarra. No me confundo al indicar el precio por persona (IVA incluido) de 24 Euros.

Media ración de bacalao (tomamos los segundos platos compartidos) (Foto: E. B.) 

Dentro del Menú denominado, “Gourmet”, compuesto por seis platos y que se ofrece diariamente, tenemos- después de un cambiante pica de aperitivo-, una sutil crema ligera de “gazpacho vasco”, con piperrada y anchoa del Cantábrico marinada, seguido por sus reconocidos y etéreos raviolis de jamón ibérico, tomate, albahaca, pompas de aceite de la variedad arberquina. Como plato de pescado, su infalible lomo  merluza de anzuelo con txangurro a la donostiarra y para terminar lo salado unas mantequillosas (sólo de textura) carrilleras de ternera glaseadas, foie-gras asado, y la pincelada dulce de refinada compota de albaricoque, con el colofón de otra finura de órdago: sopa de fresas de caserío( de enorme sabor), queso fresco y crema helada de vainilla.

Media ración de Vaca vieja parrilla. (Foto: E. B.)

Posee otro: el Gourmet Plus. Compuesto por ocho platos de relumbrón, y ofrecido así mismo todos los días. Y en el que, repitiendo sólo el aperitivo y la crema de gazpacho, se ofrece además: un perfeccionista y fluyente huevo asado a baja temperatura con setas de primavera, y crema trufada, un gustoso y preciso de punto, arroz negro de txipirón ligado con Idiazabal y ali-oli liviano, una deslumbrante y moderna versión del bacalao ajoarriero con espectacular gamba roja, y otra gozada gustativa: la paletilla de cordero lechal asada a 70º, crema de patata, ensalada de cebolleta. Para concluir con un selecto queso de Euskal Herria con cereza negra y un aireado bizcochito de almendra, helado al momento, vainilla y limón.

Carta de vinos adecuada con propuestas de caldos de corte moderno. A precios así mismo comedidos. Servicio siempre atento a la jugada y generoso en atenciones.

Nuestro agradecimiento a Mikel Corcuera. 

Fotos: Eduardo Bueso (copyright)

Detalle del comedor del restaurante Agorregi (Foto: E. B.)

BECHAMEL: SALSA MADRE, PERO EL LIO PADRE

26 May 2018 · Escrito por Eduardo Bueso. Posteado en Blog, Gastronomía, Hoteles

Playa de La Concha al atardecer. Foto: Eduardo Bueso

Desde San Sebastián

Por Mikel Corcuera

Premio Nacional de Gastronomía

Es de sobra conocido que la salsa bechamel es la crema básica“salsa madre” de las croquetas y otros numerosos fritos.

Pero sin duda lo más incierto es su origen. Las memorias apócrifas de la marquesa de Créqui, del siglo XIX, le atribuyen la creación de esta salsa a Louis de Béchameil, marqués de Nointel, (1630-1703). Quien ocupó el cargo de mayordomo en la corte de Luis XIV. Era, sin duda, un auténtico gourmet y un caballero de gustos y modales extremadamente refinados. Fue además un financiero importante y, según el pensador y socialista utópico Saint-Simon, “amante de la pintura, de las piedras preciosas, de los bellos edificios, de los jardines y de la buena mesa”.  Y es que a Louis de Béchameil también se le ha atribuido (un tanto legendariamente) la invención del “volován” y del “ragout à la financière”.

Posiblemente la salsa en cuestión se trata de una receta antigua, perfeccionada por su cocinero, quien posteriormente se la dedicó a él, como era costumbre en aquella época. Por otra parte su originario nombre Béchameil aparece transformado en Béchamelle en el libro de Vincent de la Chapelle “Le Cuisinier moderne” de 1735, perdiendo la mayúscula a finales del siglo XVIII, por lo que desde entonces la conocemos como béchamell o béchamel.

En la antigua receta no figuraba la leche, pero sí un fondo de jugo de ternera, que hoy ha desaparecido (si no es como mero complemento). Un contemporáneo de Béchameil,  pero bastante mayor que él, el duque d´Escars, hombre corroído por la envidia, hacía este malévolo comentario al respecto de la invención de esta salsa por el marqués: “¡Está feliz, ese pobre Béchameil! Yo he hecho servir lonjas de pechugas de ave a la crema más de veinte años, antes de que él viniese al mundo y, ya veis, nunca he tenido la felicidad de poder dar mi nombre a la más humilde salsa”.

De todas formas  de entre las diversas teorías sobre su origen que tiene más consistencia es la que se le adjudica su creación al chef François Pierre de la Varenne (1615-1678) cocinero de Luis XIV y contemporáneo de Béchameil, fundador de la cocina clásica francesa. Escribió el libro Le Cuisinier François en 1651 (obra clave que señala el paso de la cocina medieval de antaño a la alta cocina moderna) y donde indudablemente por primera vez se tiene constancia escrita de esta receta, la cual llevaría el nombre como una lisonja al influyente marqués. Sea como fuere ahí permanece impertérrita esta receta siglos después. Se atribuye a Paul Bocuse una frase que fue todo un símbolo de cómo las ideas reformadoras de la Nouvelle Cuisine no podían desconocer la cocina “de siempre”: “Todo cocinero que se precie debe saber hacer una bechamel, aunque nunca la utilice”.

Se puede llevar más lejos la cosa en el terreno práctico. Cuando se inaugura una taberna de corte moderno, o sea, de mucha espuma, foie gras y esferificaciones, “la prueba del nueve” que se suele hacer, por supuesto, de forma discreta y anónima, es la de pedir dos cosas aparentemente bien simplonas e inocentes: un pincho de tortilla de patata y una croqueta (o algún frito que lleve bechamel). Suele haber más llantos que risas. Pues bien, pese a ser una de las salsas más hogareñas que existen, se ha perdido, por el apresuramiento del mundo actual, una de sus condiciones básicas: la paciencia. O sea, mucha muñeca y tiempo. Otra cosa son las elaboradas con modernas gelatinas. Que son, sin duda, cremas fluyentes y maravillosas pero no tienen el toque artesanal bastante más dificultoso de las bechameles tradicionales.

Texto: Mikel Corcuera. Fotos: Eduardo Bueso. Texto y fotos: copyright

Cena en el Hôtel du Palais de Biarritz. Foto: E. B.

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