Lugares con estrella · Por Eduardo Bueso Lugares con estrella · Por Eduardo Bueso

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PROFITEROLES: PEQUEÑOS PERO “MATONES”

17 Feb 2019 · Escrito por Eduardo Bueso. Posteado en Blog, Cultura, Gastronomía, Sin categoría

Bandeja de pasteles de la confitería Echeto de Jaca (Huesca), en la que nunca faltan los petisús. (Foto: Eduardo Bueso)

Desde San Sebastián

Por Mikel Corcuera

Premio Nacional de Gastronomía

La propuesta de hoy me parece un tanto nostálgica. Cuántas veces he caído en la golosa e irresistible tentación de un postre, que me trae recuerdos de la  infancia. El “profiterol” o “petisú”.

Y es que no había vez que no lo pidiera cuando salíamos a comer siendo un crío. Creo que hasta quería ir a determinados lugares solamente porque sabía que ofrecían estas bolas de masa choux rellenas de helado o  de crema  y cubiertas con chocolate caliente.

Suele atribuirse a Popelini, egregio pastelero de Catalina de Médicis, la invención, (hacia 1540) de la pasta “choux” que en francés quiere decir repollo y seguramente se refería a la semejanza de forma de repollito que adquiere el pastelillo al cocerlo. De hecho, la masa de la pasta choux debe ser mucho más antigua, y es prácticamente idéntica a la masa de los buñuelos tradicionales.

Mostrador de la pastelería La Imperial de Jaca (Huesca), otro de los “templos” de los profiteroles. (Foto: Eduardo Bueso)

Cuando hablamos de profiteroles (más conocidos actualmente como petisús) lo hacemos por tanto de una pequeña bola de pasta choux salada o dulce, cocida y después rellena. Los profiteroles salados se rellenan generalmente con una crema de queso y habitualmente se usaban en la culinaria internacional como guarnición de sopas. Los dulces por su parte se rellenan con crema pastelera, chantilly, nata helada, o confituras diversas… constituyendo el elemento básico del  aparatoso Croquembouche y del Saint Honoré. Si bien cuando tienen forma alargada se les denomina eclairs (relámpagos).

El nombre profiterol deriva de la palabra profit, y significaba en principio “pequeña gratificación”. Pero a partir del siglo XVI, se convirtió en un término exclusivo de cocina. No hay que confundir el término petisú (que como se ha dicho es lo mismo que profiterol) con el de Petit four, que es un término genérico que se aplica a unas preparaciones de pastelería  y de confitería  muy diversas, que sólo tienen en común su reducido tamaño: se comen de un bocado.  Esta expresión data del siglo XVIII, época en que los hornos estaban construidos con albañilería, de modo que la cocción de los artículos pequeños tenía lugar en “pequeño horno” (petit four), es decir, en un horno prácticamente apagado, cuando la cocción de las grandes piezas de horno había terminado y el fuerte calor había descendido.

Texto: Mikel Corcuera. 

Fotos: Eduardo Bueso (copyright)

Escaparate de “Echeto” situado frente a la catedral de Jaca (Huesca). (Foto: Echeto)

GLOTONES VIRTUALES Y REALES

10 Feb 2019 · Escrito por Eduardo Bueso. Posteado en Blog, Cultura, Gastronomía, Restaurantes, Vinos

Playa de Ondarreta en San Sebastián, el pasado verano. (Foto: E. B.)

Desde San Sebastián

Por Mikel Corcuera

Premio Nacional de Gastronomía

Hay una cantinela habitual que a fuerza de repetir su contenido falaz (o al menos muy exagerado), se convierte en una “medio verdad” simplista aceptada por muchos diletantes. Se trata de la imputación que se hizo (sobre todo en sus comienzos) a la Nueva Cocina Vasca -que se agudiza hoy día con el triunfo de las corrientes minimalistas- y que, se puede resumir con la lapidaria frase de: “plato grande, ración pequeña”.

“Plato grande, ración pequeña” (Foto: E. B.)

El colmo de esta obsesión la tenemos en el dato constatado personalmente de lo que podemos llamar “glotonería virtual”. Se trata de ciertos lectores de recetas (publicadas habitualmente en la prensa  por  distinguidos chefs) que como comensales imaginarios se quejan abiertamente de las exiguas raciones mostradas en las fotografías.

Miniplatos que evidentemente se ejecutan así sólo por motivos estéticos, Es decir, para hacer fotogénica de la receta y no para llenar la andorga de esos lectores, al parecer poseídos del síndrome de la posguerra. Verdaderos “carpantas”, obsesionados por lo general más por el ande o no ande.

Entrada a los jardines del Hôtel du Palais de Biarrtiz. Actualmente se encuentra en completa reforma. Dicho establecimiento abrirá totalmente renovado el próximo mes de julio. (Foto: E. B.)

Por otra parte, el escritor gallego Julio Camba en su célebre articulo “La gula eclesiástica” colocaba en cabeza del pelotón de  los comilones a dos “especies” bien diferentes: los terratenientes escoceses y los curas gallegos. Y en tal sentido dice: “los curas gallegos como los terratenientes de Escocia tienen siempre la casa llena de vituallas… ”La despensa del cura viene, pues, a ser algo así como una síntesis de todas las despensas parroquiales”. Con mucha ironía, el escritor pontevedrés apostilla que “si bien es verdad que los curas comen mucho, no lo es, en cambio que coman tanto. Desde las doce de la noche , por lo menos, hasta las seis o siete de la mañana, en que dicen su misa , no pueden los pobres tomar nada más que chocolate” y eso gracias al sabio Escobar quien decidió que “liquidum non rumpit jejunium” Traduciéndolo interesadamente como “el liquido, (en vez del agua), no rompe el ayuno”.

Texto: Mikel Corcuera.  

Fotos: Eduardo Bueso (copyright)

Comedor “La Rotonde” del Hôtel du Palais. (Foto: E. B.)

¿PATO FRANCÉS? NO, GALLEGO

04 Feb 2019 · Escrito por Eduardo Bueso. Posteado en Blog, Cultura, Gastronomía, Restaurantes, Viajes

Entrada al Château de Brindos (cerca de Biarritz). En su restaurante, a orillas del lago, se pueden degustar varias preparaciones de pato. (Foto: E. B.)

Desde San Sebastián

Por Mikel Corcuera

Premio Nacional de Gastronomía

Decía Brillant Savarín que: “La volatería es para la cocina lo que el lienzo para los pintores y para los charlatanes el sombrero de Fortunato”. (Fortunato era el protagonista de un cuento europeo muy popular antaño y que tenía un gorro que cuando se lo ponía se cumplían sus deseos). “Nos la sirven cocida, asada, frita, fría o caliente, entera o por partes, con salsa o sin ella, deshuesada, desollada, rellena… Y siempre con el mismo éxito”. Estas certeras palabras del insigne gastrónomo francés, no sólo son extensibles al pato, sino condensa todas las virtudes de las aves, siendo de una versatilidad asombrosa.

El pato tanto doméstico como salvaje a nadie le puede negar sus cualidades gastronómicas. Hay dos recetas gloriosas de pato a nivel europeo que son, el pato a la prensa, creada a principios del siglo XIX por un restaurador de Rouen llamado Méchenet, que adquirió la gloria hacia 1890 en el restaurante parisino de La Tour D´Argent, cuando el cocinero Fréderick se hizo cargo de ésta casa, numerando todos los patos a la prensa que se servían en su restaurante, convirtiéndose en su máxima especialidad. Por señalar un caso, hay que decir que Charles Chaplin comió en éste mítico restaurante el pato a la prensa número: 253.652.

Pato en el Château de Brindos. (Foto E. B.)

Más antigua que ésta preparación es sin duda, la que ha alcanzado la máxima divulgación en la cocina internacional. Se trata del pato a la naranja. Sin duda, lo que hoy se ofrece con este nombre poco o nada tiene que ver con la receta originaria, en la que se empleaba pato salvaje y las naranjas amargas llamadas en francés: bigarades. Inicialmente era un plato más rotundo como son los platos de caza. Ya en el siglo XVIII introducido en la alta cocina se prepara de forma más suave y ligera que la primitiva.

Patos de cerámica en uno de los salones del Château de Brindos. (Foto: E. B.)

Como curiosidad cabe reseñar una versión hispánica, más en concreto galaica El pato a la naranja al estilo de Ribadeo. Incluso hay algún prestigioso autor, como Néstor Luján,  que llegó a  afirmar- -con algo de osadía- que el origen del pato a la naranja no es francés sino gallego. Con esta fórmula,  que fue antaño famosa en las casas burguesas de la citada población lucense, intuyo que  por dos razones. Por la existencia de muchos ánades en esta ría fronteriza con Asturias y porque antiguamente existían en esa zona numerosos naranjales (de naranjas amargas). Lo más curioso de esta receta gallega es que se empleaba, en lugar de orujo, un histórico y afamado aguardiente, Kümmel, (licor dulce y transparente condimentado con comino, hinojo y semillas de alcaravea) procedente de Allasch, (cerca de Riga,) perteneciente  a la actual República de Letonia. La explicación no es otra de la intensa actividad comercial que existió entre los puertos de  Ribadeo  y el letón de Riga.

Texto: Mikel Corcuera. Fotos:  Eduardo Bueso (copyright)

Bordado en cortina del restaurante del Château de Brindos (Foto: E. B.) 

PANES MONITORIZADOS

04 Ene 2019 · Escrito por Eduardo Bueso. Posteado en Blog, Gastronomía, Restaurantes

Desde San Sebastián

Por Mikel Corcuera

Premio Nacional de Gastronomía

La pizza es una popular preparación italiana, de origen napolitano, cuya fórmula más simple consiste en cocer, teóricamente en un horno de panadero, una torta de pasta de pan guarnecida con tomate adicionado con parmesano o con Mozarella y aderezada con plantas aromáticas. 

La pizza napolitana ha dado la vuelta al mundo siguiendo el ritmo de las migraciones de los italianos, que han abierto en todas las grandes ciudades de Europa y de América del Norte muchas pizzerías, pequeños restaurantes populares y típicos, que ofrecen como es sabido pastas de todo tipo, pizzas y otras especialidades de la península.

La palabra pizza se deriva de un verbo que significa “poner picante, sazonar.” El mismo verbo ha dado nombre a la preparación “a la pizzaiola”, mezcla picante de salsa de tomate, tiras de pimiento, plantas aromáticas (tomillo, mejorana, laurel) y ajo, que sirve para acomodar pastas, chuletas de cerdo o parrilladas.

El plato en sí, no es tan  antiguo; data de la popularización del tomate en Italia, cosa que ocurrió en el año 1554, que fueron traídos en bajeles españoles.

Según los puristas del plato, éste es perfecto en su sencillez.  Dorada Venus de las empanadas tal y como nos recordaba Néstor Luján en su “Carnet de ruta”, la pizza clásica sólo tiene tres irrefutables normas: alla porta Sant Gennaro, o sea con albahaca, alla marinara y la margherita.

Copas de tinto y blanco en el salón de entrada al hotel Iriarte Jauregia, cerca de Tolosa. Foto: Eduardo Bueso

La de la porta San Gennaro, sazona la harina con aceite, sal, pimienta, queso y cinco o seis pulgadas de albahaca. La marinara demanda aceite y tomate o setas, aceite y tomate o queso y tomate, y va siempre perfumada con orégano y ajo. Hay quien le añade filetes de anchoa en conserva, cosa que se ha convertido en una costumbre muy generalizada. La margherita es como la pizza anterior con mozzarella y debe su nombre a la reina Margherita, esposa del rey Humberto I. Según nos relata la historia, durante el verano de 1889, la real pareja se achicharró literalmente en Capodimonte. Quisieron conocer la pizza, tan popular  y apreciada. La reina era una Saboya, prima de su esposo, princesa altanera, dignísima e intransigente y como era de esperar, no podía soportar el aroma fuerte e insolente del ajo, tan grato por otra parte a otros paladares reales como el de Enrique IV de Francia que olía a ajos a cien leguas a la redonda. Por eso, cuando llegaron a Nápoles, los mayores elaboradores de pizza del momento, decidieron elaborar una variedad sin ajo que no molestase el paladar de la reina. Y así nació la Margherita, hoy universalmente conocida, realizada con harina, tomate, aceite de oliva y queso mozarella. ¡Pero sin ajo¡

Texto: Mikel Corcuera

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