Lugares con estrella · Por Eduardo Bueso Lugares con estrella · Por Eduardo Bueso

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LAS PERDICES… Y FUERON FELICES

20 Ene 2020 · Escrito por Eduardo Bueso. Posteado en Blog, Cultura, Gastronomía, Restaurantes, Vinos

Desde San Sebastián

Por Mikel Corcuera

Premio Nacional de Gastronomía

Es el final de todo cuento clásico: comer perdices. Una pieza de pluma cargada de historia. Independientemente de que haya otras más delicadas como la tórtola, más  finas y gustosas como la codorniz– de tiro, por supuesto-, o de sabor más profundo como la becada, ha sido protagonista de múltiples recetas en los tratados de cocina tradicional, y además es todo un símbolo cinegético.

En todo caso no es por casualidad que se diga al final de los cuentos como happy end amoroso: “fueron felices y comieron perdices”. Sin duda, el consumo de la perdiz tiene un largo y legendario recorrido. En  sus orígenes, según la tradición mitológica griega, Perdix sobrino del Dios Dédalo fue empujado por el envidioso Ícaro desde lo alto de una torre y antes de estrellarse, Minerva lo salvó, eso sí, convirtiendo para siempre al joven en perdiz. De ahí  parece ser, que  la perdiz, por si las moscas, no remonta mucho el vuelo, ni anda por las alturas.

De hecho, aunque las referencias gastronómicas de la perdiz en tiempos clásicos eran escasas, hay una receta emblemática, que nos la aporta Ateneo y que consiste en asar la perdiz envuelta en una hoja de vid y relleno su interior con tocino. Una receta muy certera, ya que la hoja le ofrece protección y por otra parte el tocino le aporta grasa.

Pero la lista de recetas clásicas en las que interviene la perdiz no termina aquí. Partiendo de las más antiguas, está la de Juan de Altamiras seudónimo de un franciscano, llamado Fray Raimundo Gómez, que fue cocinero después de fraile, en su obra de 1745 “Nuevo Arte de cocina” nos da una de las recetas más castizas que se conocen como es la perdiz asada con una sardina salada en su interior.

Portada del libro «Nuevo Arte de la Cocina Española» de Juan Altamiras, realizado por Vicky Hayward

Por no hablar de la perdiz con coles, vigente hoy en día, y de cuya receta existen múltiples variantes. La más famosa es la versión que se hace en el Ampurdán y que se llama perdiz asada con fardelitos de col. Si bien, la adaptación más curiosa de este plato es la que hizo expresamente Josep Mercader del Hotel Ampurdán para el  escritor Josep Pla, amigo y cliente. Un suculento “invento” que tiene su  razón de ser. Josep Mercader fue un notable innovador de la tradición catalana y uno de sus platos favoritos era el referido, pero Pla, ya anciano, acabó por perder la dentadura y llegó un momento que no podía comer aquellas aves llenas de huesecillos. Dándose cuenta de ello, Mercader creó este plato en el que la perdiz deshuesada  y la  verdura se funden en uno.

La perdiz se presta a todo tipo de aderezos imaginables: estofada, asada, en salmís, en paté, como fiambre etc. Aunque tal vez la fórmula que más fama ha tenido es en la que interviene el chocolate.

Las perdices al chocolate era un plato que le encantaba a Julio Cortazar, el grandioso escritor argentino que vivió la mayor parte de su vida en París. Hasta tal punto llegaba su entusiasmo por esta receta, que fue el plato elegido el día de su boda con Aurora Bernárdez, su primera esposa. Ambos, en todo caso, siempre pensaron que era una receta mexicana, por eso de que Moctezuma se hartó de beber chocolate… pero no, en realidad se trata de una receta europea.

Su creador, al parecer fue un tal Noel, jefe de las cocinas de Federico II de Prusia (El Grande), un chef que tuvo la idea de echar chocolate rallado a unas perdices estofadas y que las acompañaba de unos puerros cocidos con leche y claras de huevo. Un cocinero que fue también famoso por poner una pluma de faisán en el gorro con el escudo de armas de Prusia. 

Texto: Mikel Corcuera. Fotos: Eduardo Bueso. Texto y fotos: copyright

Imagen del actualmente cerrado «Château de Brindos» cerca de Biarritz, donde en su restaurante ofrecían guisos de perdiz estofada y en fiambre (Foto: Eduardo Bueso)

ALUBIAS DE TOLOSA: NEGRAS Y GUIPUZCOANAS

16 Ene 2020 · Escrito por Eduardo Bueso. Posteado en Blog, Gastronomía, Restaurantes

Alubias del restaurante Elane del pequeño pueblo denominado Albiztur (muy cerca de Tolosa). (Foto: Eduardo Bueso)

Desde San Sebastián

Por Mikel Corcuera

Premio Nacional de Gastronomía

Conviene aclarar antes de entrar en faena, una confusión bastante generalizada en torno a las alubias rojas de Tolosa,  base y razón de ser  su pletórico potaje típico de esta localidad guipuzcoana. La equivocación radica precisamente en su nombre. Porque uno se preguntara: ¿Porqué se llaman alubias rojas de Tolosa, cuando en realidad -así como las de Gernika-  son más negras que el azabache? 

El hecho de considerar que la alubia de Tolosa es roja jaspeada, es decir la alubia pinta, tiene su explicación. El “desliz” tiene una clara razón histórica, ya que estas alubias pintas (pinttarra o también llamadas babazuribeltz) eran la variedad principal de esta villa guipuzcoana hasta no hace más de medio siglo. Todavía, se siguen denominando  en la feria de los lunes de Gernika, a estas pintas como tolosanas. No esta muy claro el por qué dejaron de plantarse para ser sustituidas por la variedad negra. Una explicación convincente nos la dio hace ya un tiempo un cultivador -de avanzada edad- de la alubia en esa zona. Al parecer, en los años de lluvias excesivas, las alubias pintas se decoloraban bastante. Y por otra parte la planta de la alubia negra es más resistente a la humedad. Por lo que encontró en esta tierra su desarrollo más idóneo. Hay que alegrarse además, porque es indudable  que las negras se caracterizan por su textura aterciopelada y lo mejor de todo es sin duda la untuosidad del caldo, una crema inimitable tras su paciente elaboración.

Auténticas alubias de Tolosa listas para cocinar (Foto: E. C)

Existe una anécdota muy curiosa al respecto de las “Alubias de Tolosa”, extraída de la interesante obra “El fogón del pobre” de Emilia González Sevilla. Cuenta en el libro que Gastón Baquero, uno de los más insignes poetas cubanos de este siglo se llevó una alegre sorpresa cuando iniciado su largo exilio en España le fueron ofrecidas en uno de sus viajes por el norte de la península, las alubias al estilo de Tolosa. Su satisfacción se debió a que según reconoció el propio Baquero las comió con el placer de recuperar uno de los platos de su infancia en Banes, en la provincia de Oriente, elaborado exactamente igual. Lo mismo que ocurrió con el plato llamado “empedrao” elaborado con alubias negras, un guiso en el que se mezclaba la legumbre susodicha y el arroz blanco cocido aparte, que formaban una especie de empedrado en blanco y negro. Se lo conocía también con la nada democrática denominación de “moros y cristianos” en todo Levante y bajo ese mismo “epígrafe” cruzó el Atlántico y se hizo común en Centroamérica, incluida Cuba, donde hoy se sigue elaborando igual que antaño. Similar proceso al de las “Alubias de Tolosa”. No es de extrañar por eso, la grata sorpresa de Gastón Baquero al encontrarse con una preparación que le devolvió de inmediato a los recuerdos de su niñez cubana.

Paisaje cerca de Tolosa (Foto: Eduardo Bueso)

Existe un dato recogido por esta misma periodista que no deja de ser gracioso y en cierto modo cruel respecto a las alubias o mejor dicho judías. Dice así: “De la judía o habichuela, que de cualquier manera se denomina en España, nadie sabe por qué adquirió el primero de sus nombres. Cabe citar una reflexión, acaso graciosa pero poco fiable, de Sebastián de Covarrubias, filólogo conquense del siglo XVII, que define esta legumbre en su Tesoro de la Lengua Castellana o Española. Asegura que “las alubias fueron llamadas “judías” porque al hervir botaban en la olla igual que botaban los judíos sumergidos en aceite hirviendo”. Esta aseveración más vale ponerla en cuarentena, porque las barbaridades de la Santa Inquisición, que fueron muchas, no debieron llegar a la crueldad de “freír judíos y herejes”.

Texto: Mikel Corcuera. Fotos: Eduardo Bueso. Texto y fotos: copyright

Alubias de Tolosa servidas en el Caserío Ugarte de Albiztur (Foto: Eduardo Bueso)

COMER (BIEN) EN GUIPÚZCOA: RESTAURANTE BAILARA (IRIARTE JAUREGIA HOTEL)

13 Ene 2020 · Escrito por Eduardo Bueso. Posteado en Blog, Fotos, Gastronomía, Hoteles, Restaurantes, Viajes, Vinos

Hotel Iriarte Jauregia; en su planta baja se ubica el restaurante Bailara (Foto: E. B.)

Hace unos días Lugares con Estrella se ha desplazado hasta Bidania muy cerca de Tolosa. Allí se ubica el Iriarte Jauregia, un hotel exquisito al que no nos cansamos de ir (y de aconsejar). Jauregui, vocablo vasco, se traduce al castellano como palacio. Así, el Palacio de Iriarte construido en el siglo XVII, es desde 2009 un reluciente hotel de cuatro estrellas situado a ocho kilómetros de la nacional que conecta Madrid con Irún, en Bidania – Bidegoian, muy cerca de Tolosa.

Vistas desde una de las habitaciones del Iriarte Jauregia  (Foto: E. B.)

El palacio Iriarte lleva siglos unido a la historia de Bidania. La que fuera la primera edificación de la localidad se cree que data de antes del año 1600. El robusto armazón de piedra con cubierta de teja y blasón en el frente, sobre la hilera de balcones, se asienta sobre una llanura de la que aprovecha siete mil metros cuadrados de espacio ajardinado, provistos de árboles centenarios dentro de los límites de la finca. Al otro lado del muro de piedra, un puñado de caseríos y el paisaje de bosques y montañas propios del interior de la provincia.

Imagen nocturna del hotel Iriarte Jauregía. (Foto: E. B.)

De noche, un vistoso juego de luces ilumina fachada y jardín. Un pórtico acristalado de tres arcos conduce a la entrada principal, empedrada, y de ésta al atrio columnado, justo antes de pasar por recepción. Desde ella se advierte el resultado de la rehabilitación, respetuosa, pero también algo intervencionista para airear el paso del tiempo. Los salones nobles y señoriales, y el recorrido por las zonas comunes, no saben a rancio, muy al contrario, en ellos priman la luminosidad y la exhibición de contadas piezas de anticuario, seleccionadas para no empalagar, combinadas con recursos resueltos con materiales actuales como el cristal o el hierro. Eso sí, no falta una buena chimenea de piedra, cálidas alfombras, piso de madera crujiente… En la biblioteca, maderas nobles, lámparas de cristal, espejos y cuadros de marcos dorados. En las habitaciones se siente el peso de la historia, pero se enjuaga con colores neutros, texturas más contemporáneas o cuartos de baño transparentes.

Restaurante Bailara (Foto: E. B.)

Pero vayamos a lo que nos ocupa: su restaurante, de nombre Bailara, dirigido por el chef Enrique Fleischmann; tras años de formación continua y ejemplar, con reputados cocineros como Iñaki Agirre, Karlos Arguiñano, Juan Mari Arzak y Paul Bocuse, fue segundo de cocina durante siete años en el restaurante Akelarre de Pedro Subijana (en el departamento de I+D+i). Se trata de un mexicano (se notan mucho esas raíces en numerosos detalles de su culinaria) que llegó a Guipúzcoa para quedarse.

En el restaurante Bailara también se sirven los desayunos (Foto: E. B.)

Fleischmann ofrece propuestas cambiantes y plenas de emoción en su atrayente menú. Entre ellas figuran unas delicadas galletas de langostinos crujientes, con excelente crema de aguacate, brotes de invierno y vinagreta de anchoas caseras, un peculiar revuelto de hongos donde el huevo lo convierte en perlas, un risotto al que aporta textura con el empleo de gustosas vieiras y un bacalao glaseado con sus callos delicadamente aromatizados, (canela, miel, sal de gambas y flores).

Feliz reinterpretación de la «Merluza en salsa verde» (Foto: E. B.)

Una feliz reinterpretación de la merluza en salsa verde, así como la paletilla de cordero marinada, asada y deshuesada, el soberbio pichón de Bresse rostizado con pipián verde (salsa mexicana de semillas de calabaza tostadas, cebolla y ajo, tomates verdes, especias y chile verde) levemente picante. Y también un refinado taco de carne que simula el carbonizado exterior del punto Pittsburg que consigue con tinta de chipirón. Y como guinda, algunos postres notables en los que se vuelve a apreciar la calidad de la materia prima y la precisión técnica de este gran profesional, tales como el helado oculto en arroz con leche caramelizado, queso, membrillo y nueces (las nueces en intxaursalsa y convertida esta en sutil espuma) o el irresistible cien hojas de chocolate. O sea, innovación, vanguardia y sabor en un entorno privilegiado.

Una de las bellísimas y confortables habitaciones del hotel Iriarte Jauregia (Foto: E. B.)

Advertencia importante: nuestra reciente visita (la tercera del año) casi coincidió con el cierre por vacaciones invernales de este hotel y, lógicamente, del restaurante. Antes de primavera reabre sus puertas. Este es un buen momento para planificar una escapada una vez pasados los fríos días de invierno.

Texto: Mikel Corcuera y Eduardo Bueso.

Fotos: Eduardo Bueso (copyright)

Imagen de la cúpula del Santuario de Loyola en Azpeitia, a pocos kilómetros del hotel Iriarte Jauregia (Foto: Eduardo Bueso)

LA RECETA INTERMINABLE: LIEBRE A LA ROYALE

13 Dic 2019 · Escrito por Eduardo Bueso. Posteado en Blog, Cultura, Gastronomía, Restaurantes, Vinos

Entrada a la Sociedad Gastronómica Gaztelupe de San Sebastián, uno de los lugares donde se ha preparado la «Liebre a la Royale». (Foto: Eduardo Bueso)

Desde San Sebastián

Por Mikel Corcuera

Premio Nacional de Gastronomía

La “Liebre a la Royale” es sin género de dudas uno de los grandes platos históricos de la cocina francesa de caza. Tiene una elaboración muy costosa, no sólo en tiempo sino también en ingredientes.

En la auténtica liebre a la Royale, ésta aparece deshuesada, convertida casi en una compota para comer con cuchara. La salsa lleva entre otros ingredientes de postín, trufas, coñac, vino de Borgoña o Burdeos y el inevitable foie gras así, como en el caso del civet, la propia sangre del bicho.

Para elaborar esta fórmula siguiendo cualquiera de las recetas clásicas hay que consumir un mínimo de siete horas. Por eso, en su plenitud, hoy día es un plato que ofician muy pocos restaurantes. Hay una referencia histórica inexcusable en relación con este plato. Cuando la gran escritora Colette cumplió ochenta años, el chef Raymond Oliver,  invitó, en el encopetado “Grand Véfour” de París a la dama y al gastrónomo Curnonsky, por entonces también octogenario y conocido «negro» de la escritora, a una cena donde el plato estelar era su famosa Liebre a la Royale. Confesó después Oliver, que para hacerlo, empleó un Burdeos tinto y un dulce Sauternes.

Botella de Sauternes «Nicolas» añada 1985. Colección privada. (Foto: Eduardo Bueso)

Y a la hora de comerse el  complejo plato, en dos copas iguales, se hicieron servir un viejo Haut – Brion y un no menos exquisito Sauternes, concretamente un  Chateau D´Yquem, caldos como imaginarán, impresionantes y como certeramente se suele decir que son dignos de beberlos «de rodillas».

Detalle de una de las mesas del “Grand Véfour” de París. (Foto: Grand Véfour)

En nuestro país hay recetas no tan famosas y más de andar por casa. Como la que comenta el inolvidable escritor valenciano Lorenzo Millo que la llamaba Liebre “en salsa a lo pobre hombre” y de la que decía con  su sorna habitual: “Es vianda adecuada para los que no pagan impuestos directos y en la que, como cualquiera sospechará, interviene el ajo”.

Texto: Mikel Corcuera. Fotos: Eduardo Bueso. Texto y fotos: copyright

Imagen de la Bahía de La Concha de San Sebastián (el pasado mes de octubre) realizada desde el monte Igueldo. (Foto: Eduardo Bueso) 

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